la sensibilidad

Hace poco leí el libro de Catherine L’Ecuyer titulado “educando en la realidad” que dedicaba un capítulo a la sensibilidad. Me encantó el enfoque que le daba y aquí lo comparto:

Quien lee sabe mucho; pero quien observa sabe todavía más

Alexandre Dumas

La sensibilidad podría definirse como la capacidad, no sólo de percibir una cosa a través de los sentidos, sino también de sintonizar con la belleza que existe en esa cosa. El proceso de sintonía del niño con la belleza se hace a través de la sensibilidad. Es una especie de atención enfocada o de empatía con la realidad que permite al niño sentir la belleza que le rodea.

La sensibilidad permite sentir, disfrutar de las cosas pequeñas por muy insignificantes que nos parezcan. La felicidad se encuentra en lo pequeño, y quien haya perdido la capacidad de percibir y de agradecer el esplendor de la realidad en las cosas diminutas no lo encontrará nunca en las cosas grandes.

Un obstáculo para la sensibilidad puede ser un defecto en los sentidos que impide al niño percibir la esencia de cada cosa. Ese defecto puede ser orgánico (dificultad para ver, oír…por ejemplo), o puede ser el resultado de un entorno que no respeta el asombro, el deseo innato de conocer. Este sería el caso de un niño bombardeado con información, estimulado fuertemente desde fuera, cuyos sentidos han sido saturados y abrumados por la tecnología intensa o por un entorno de consumismo.

Como resultado de todo eso, el umbral de sentir la realidad alcanza niveles dramáticamente altos, el niño necesita cada vez más estímulos externos para sentir la realidad. El niño se vuelve aburrido, ansioso, y se vuelve cada vez más dependiente del entorno externo para poder prestar atención y aprender.  Esa dependencia es lo que podría describirse como “falta de motivación”.

Lo mismo puede suceder con el sentido del gusto. Cuando el sentido del gusto está saturado, los niños dejan de sentir, entonces necesitan mayores cantidades de comidas para percibir sus cualidades, lo que podría llevar a un incremento de peso.

La mente del niño, según Dimitri Christakis, experto mundial en el efecto pantalla en los niños, “una exposición prolongada a cambios rápidos de imágenes durante el periodo crítico de desarrollo condiciona la mente a niveles de estímulos más altos, lo que llevaría más adelante en la vida a problemas de falta de atención”. La mente del niño se acostumbra a una realidad que no existe en la vida ordinaria real. Cuando la mente vuelve a experimentar la vida ordinaria real, todo le parece extremadamente aburrido, porque no puede ver la belleza de lo ordinario. Como no ve la belleza, el niño no se siente atraído por nada y se vuelve distraído (la distracción es lo opuesto a la atracción) y se convierte dependiente del entorno.

Otro estudio concluye que el consumo de videojuegos violentos reduce el reconocimiento facial de las emociones. Cuando los adolescentes se acostumbran a la violencia, sienten y perciben menos las emociones en el rostro.

Los que trabajan mucho con “multitarea tecnológica” demuestran tener peor atención, los sentidos se saturan, el asombro se adormece y dejamos de prestar atención activamente. Nos volvemos pasivos y el estímulo externo consume nuestra atención, en lugar de ser nosotros los que enfocamos la atención al entorno. Nuestro aprendizaje no depende completamente del entorno sino de nuestra capacidad interior de prestar atención a un pensamiento a la vez, y para reconocer lo que tiene sentido y lo que no.

Lo que puede estar ocurriendo es que los que hacen multitarea tecnológica tienen una gran sed de belleza y sentido. La saturación de sus sentidos produce que la búsqueda de la belleza se haga a ciegas. Puesto que su sed de belleza no está satisfecha entran en el círculo vicioso de comportamientos compulsivos de consumo que hacen que sientan cada vez menos. Cuando vivimos frustrados porque no encontramos la belleza nos convertimos en candidatos para la motivación externa.

Ocurre lo mismo con el consumo de pornografía, insensibiliza a nuestros hijos y los hace ciegos a la belleza de la sexualidad. La sexualidad es un lenguaje poderoso. Simone Well decía “el amor tienen necesidad de realidad. Amar a través de una apariencia corporal a un ser imaginario, ¿qué hay más atroz cuando uno se apercibe de ello?. Más atroz que la muerte, pues la muerte no evita que el amado haya sido. Es el castigo al crimen de haber alimentado el amor con lo imaginario”.

Hoy la sensibilidad tiene muy mala prensa por dos razones.

Primero, porque damos muy poca importancia a la intuición maternal o paternal, que es una forma privilegiada de ejercer la sensibilidad.

Segundo, la sensibilidad se confunde con inseguridad afectiva, y por lo tanto la vemos como un defecto. Ciertamente, la sensibilidad en personas que son inseguras afectivamente, y que actúan al remolque de sus emociones, puede ser muy perjudicial. La mejor forma de ayudar a nuestros hijos a crecer en seguridad afectiva es a través de experiencias interpersonales positivas que los lleven a un apego seguro que consolide su sentido de autoestima.

A menudo los niños pierden esa sensibilidad cuando no se les acompaña adecuadamente en la gestión de los pequeños y grandes episodios de sufrimiento que les brinda la vida. Han de ser fuertes pero sin perder por ello su sensibilidad. El riesgo ante el sufrimiento está en mirar hacia otro lado, la indiferencia y el desapego afectivo. Cuando los niños hacen eso, dejan de tener expectativas y de ilusionarse por las cosas, anestesian su capacidad de sentir las alegrías de la vida, su capacidad de contemplar la belleza de su alrededor.

La violencia anestesia la sensibilidad de nuestros hijos. Hacen que dejen de “sentir” lo humano, lo verdadero. Les impide sentir empatía, compasión. Cuando los niños pierden su sensibilidad por sobreestimación, o porque está visto como una debilidad en su carácter, se convierten en niños “teflones”. El teflón es un material sobre el que todo se resvala, es antiadherente.  A esos niños nada les afecta, nada les asomara, nada les importa. Con niños así la educación se hace imposible tanto para los padres como para los maestros. Por este motivo, los únicos métodos que quedan para mover a esos niños son los conductistas, sobreestimulación, repetición, memorización, y como últimos recursos las pantallas, cuya novedad fascinan y enganchan al niño. Pero se trata de un parche, cuando lo retiramos nos encontramos con los retos educativos de siempre.

Educar no es desensibilizar a los niños para que estén preparados para vivir en un mundo cruel sin sufrir, sino que es hacerlos más compasivos para que puedan convertir el mundo en uno más humano.  Sufrir es parte de la vida. Quien no sabe sufrir, no está preparado para vivir dando la cara a la realidad.

 

Ana Rial

http://www.misentido.blog

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