aprender a escuchar con la mirada

Para los niños todo es un misterio, ellos no conocen la forma de funcionar del mundo al que llegan por lo que no dan nada por supuesto y todo lo que van viviendo es un milagro. En algún momento así fue también para nosotros.

Cuando nos convertimos en madres o padres tenemos la misión de acompañar a nuestros hijos en la construcción de si mismos. Nuestra mirada es especialmente importante. Los niños para entender el mundo, calibrar la realidad y obtener un aprendizaje necesitan triangular el mundo (lo que sucede), ellos mismos y la mirada de la persona que les cuida.

El universo de un niño es un puzzle desorganizado en el que todo es posible y lo van ordenando cada día a través de nuestra mirada. Por ello, como madres y padres es importante tener activada nuestra mirada de niño, prestar atención a lo cotidiano, los pequeños descubrimientos que cada día acontecen cuando les acompañamos en su camino: la lluvia moja, el viento nos mueve el pelo, la ola moja la arena, cuando tiro el coche al suelo hace ruido, las hojas secas crujen cuando las pisamos, el barro se moldea etc. Ellos no tienen nuestro conocimiento de adultos por lo que permitirles vivir en la contemplación y experimentación les ayuda a ir integrándose en nuestro mundo.

Nuestra mirada es su voz interior, escucharles con nuestros ojos es esencial. Si nuestra mirada es de desaprobación sienten que esa desaprobación es para ellos; y si nuestra mirada es de aceptación y nos maravillamos por el hecho de verles existir sembrará la semilla de su autoestima. Así van construyéndose día a día.

El ser conscientes del impacto que tiene nuestra mirada en nuestros hijos nos da dos oportunidades a mi entender:

La primera, para dar a nuestros hijos lo que legítimamente necesitan, el vínculo que les regala seguridad, bienestar, valía y sentirse merecedores de amor incondicional.

La segunda, una oportunidad para nosotros, para cuestionarnos si todo lo que habíamos construido dentro de nosotros hasta el momento de ser madres o padres tiene algo que ver con aquello que vinimos a ser a este mundo: si en el puzzle que fuimos construyendo hemos dejado a otros el poder de situar nuestras piezas dejando de ser los protagonistas de nuestra existencia.

Un ejemplo de mis cuestionamientos es sobre mi ritmo y el que imponía a mi hijo: cuando yo me encontré acompañando a Iago en su ritmo pausado y contemplativo me dí cuenta de una de las cosas que más difíciles eran para mí: parar, dejar de hacer, contemplar y maravillarme. Después de reconocer que algo me imposibilitaba vivir la tranquilidad, el disfrute de la observación, me di cuenta que en mi vida llevaba un ritmo que no era el de mi ser y que ese ritmo era aprendido y lo había automatizado por el ritmo que me habían impuesto primero y yo lo asumí como mío.

Hoy en día, aunque aún vivo la prisa en algunos momentos, el ir sin reloj, parando, hablando, mirándonos es de las cosas que más disfruto, momentos de no ser eficaz, de no hacer, de vivir el momento con una mirada de niña que había olvidado, disfruto simplemente de SER.

Así, voy poco a poco encontrando aspectos de mí que quedaron olvidados por no ser aceptados, por no ver aceptación en la mirada de mi entorno. Por eso, mirar a mis hijos me está suponiendo una gran oportunidad de mirarme a mí misma. Siendo consciente de sus necesidades conecto con las miradas que recibí o no recibí, pero que necesité.

Nuestros hijos vienen con el propósito de conectarnos con nuestro ser olvidado, si estamos abiertos a esta experiencia y reunimos el valor necesario para abrir de este regalo.

Depende de mí, de nosotros aprovechar esta oportunidad que la vida nos trae. El regalo que hasta ahora he encontrado es el reencuentro con parte de mi esencia y darles a mis hijos una infancia más cercana a la que se merecen. Las dificultades para encontrar los tesoros quedan muy pequeñas al lado de la grandeza del resultado.

María Teresa de Calcuta dijo: “no te preocupes porque tus hijos no te escuchen, te miran todo el día”. Los aprendizajes más esenciales para una persona sólo se pueden transmitir a través de la mirada, lo humano y la palabra, sigamos mirándoles y mirándonos.

 

Ana Rial

http://www.misentido.blog

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