El malestar como oportunidad

Los momentos en los que me siento en conflicto interno, con sensaciones no agradables (miedo, impotencia, confusión, rabia, etc.) son y han sido para mí las oportunidades más importantes de crecimiento personal.

Esa sensación puede nacer de mí misma, como cuando me autoexijo o me juzgo, o puede haberse despertado en mi relación con otra persona. Sobre lo que hoy escribo es sobre el malestar que se me despierta en relación con los otros.

En los primeros años de crianza y en mi vida anterior a ser madre, en general los conflictos los vivía con tensión, enfado, negación (hacer como si no pasara nada), culpa y ésto hacía que el malestar perdurara en el tiempo al resistirme, al no aceptarlo.

Además tampoco podía extraer ningún aprendizaje de estas situaciones. Andaba en muchos aspectos, a ciegas.

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Para poder tomar estas sensaciones molestas como aliadas para acercarme a mi verdad, las claves que me ayudan son:

  1. La actitud de prestar atención a la sensación, con confianza de que me trae un aprendizaje.
  2. Aceptarla (no negarla), la sensación está ahí y aunque la reprima va a seguir existiendo.
  3. Conocer el mecanismo de proyección.

Todo empieza por estar atenta, escucharme a mí misma.

En la medida de lo posible, no niego esa sensación molesta, no hago como si no existiera. La acepto. Alguien me dijo una vez “hazte amiga de todas tus sensaciones” y aunque a veces es realmente difícil confiar (¿cómo algo molesto va a traer un tesoro?, me preguntaba yo), mi experiencia ha dado la razón a la utilidad de este consejo.

Mi motivación para no negar el malestar es que está en juego dos asuntos de gran valor para mí: mantener la armonía en la relación en la que se despierta esa sensación y conocerme en profundidad.

En este tiempo, la mayoría de situaciones conflictivas se han dado con mis hijos, por el tiempo que pasamos juntos y lo intenso y mágico de la relación. Por lo que voy a hablar de los momentos de conflicto con ellos, aunque puede ser válido para las demás relaciones.

Voy a empezar reconociendo que en mi llegada a la maternidad había muchas partes de mí que yo misma desconocía. Son partes que en algún momento de mi infancia o adolescencia no recibieron la aprobación externa que necesitaba y las dejé atrapadas, reprimidas en alguna parte de mí a la que no puedo acceder de forma consciente (en la Sombra como empezó llamando Carl Jung). De esta forma no salían a la luz algunos aspectos de mí, algunas emociones como el miedo, la rabia, la impotencia (al menos no en su totalidad), y en el camino también se quedaron algunos intereses y gustos que me definen.

Todo ésto lo visualizo como un iceberg, digamos que nosotros somos toda la placa de hielo que forma el iceberg. Sin embargo la parte visible de nosotros mismos es la que está en la superficie (nuestro comportamiento, lo que mostramos), mientras que queda sumergido lo que queda en la Sombra, lo que no mostramos por miedo al rechazo o es difícil de afrontar para nosotros. Es importante saber que todo este funcionamiento es inconsciente, no vamos decidiendo y renunciando, qué mostramos y qué escondemos, esa decisión no pasa por la consciencia. Nosotros mismos no conocemos esa parte sumergida.

iceberg

Así, llegué a ser madre y yo me sentía con mucho amor para dar pero en la realidad al nacer Iago, nuestro hijo mayor, empezaron a manifestarse aspectos de mí que yo desconocía y que impedían vivir ese amor en todo su potencial. Viví lo que mucho más tarde descubrí que Laura Gutman define como “desintegración psicológica”, me resultó tan necesaria e irremediable como abrumadora.

Así Iago y Leire me han ido mostrando mis aspectos escondidos, aunque los voy viendo poco a poco. Como dice Shefali Tsabary en su libro Padres Conscientes: “la relación padres hijos existe sobre todo para transformar a los padres, mientras que educar a los segundos es secundario”. Y en mí caso así está siendo.

Cómo decía, conocer el mecanismo de proyección me ayuda mucho. Las personas con las que nos relacionamos en general, y si tenemos hijos en particular nos sirven de espejo de nosotros mismos

.espejo naturaleza

La proyección la veo como atribuir a otra persona lo que pertenece a uno mismo. Puede ser un rasgo de nuestra personalidad, una carencia, una necesidad. Y no sólo proyectamos nuestra parte de Sombra sino también nuestra parte luminosa, nuestras cualidades.

Por ejemplo, cuando apreciamos de una persona la generosidad que demuestra con nosotros, es porque la generosidad también está en nosotros, de otra forma no podríamos verla. O cuando somos capaces de ver la ternura en un bebé es porque tenemos nuestra parte tierna.

Por poner un ejemplo de cómo voy descubriendo a través de un malestar partes ocultas de mí en la relación con mis hijos: en los momentos en los que mis hijos dan rienda suelta a su espontaneidad, motricidad y alegría, momentos en los que son puramente ellos,  a veces siento que yo no puedo soportarlo porque esas partes espontáneas y de moverme tan libremente y “armando bulla” no me fueron permitidas y las reprimí. Y ese malestar, que se manifiesta como enfado me dice que  lo que deseo es que pare ese comportamiento, cuando no hay nada de “malo”, ellos están en armonía y no genera conflicto con nada más que con algo que se mueve en mí.

Aquí puedo optar por limitarles e impedir que satisfagan sus necesidades de movimiento y que expresen su alegría y espontaneidad, propias de su ser esencial y acaben reprimiéndolas como hice yo. O puedo verlo como que ese malestar es algo que se me despierta a mí y que yo lo tengo que gestionar. Si escojo la primera opción ellos también no se sentirán aceptados como son y nuestra relación se deteriora. Si escojo la segunda opción, ellos se sienten aceptados, yo liberada, contenta de conocerme mejor y nuestra relación se alimenta.

Si no tuviera la oportunidad de vivir estas experiencias, de observar sus comportamientos y sentir lo que hacen en mí no podría llegar a estos aprendizajes. Por lo que estoy muy agradecida de mi maternidad y de mis hijos, de compartir mi vida con ellos. Son mis maestros.

Es cierto que en toda relación no parental se genera la oportunidad de aprender de nosotros mismos si estamos atentos, no negamos la sensación y vamos viendo nuestras proyecciones. Sin embargo, a mí me es más fácil negar la sensación o “dejarlo pasar” porque son relaciones de menos trascendencia. De todos modos, al ir teniendo la experiencia en la relación con Iago y Leire se va extendiendo esta forma de mirar al resto de personas, y la primera beneficiada soy yo y los vínculos que se van generando.

Poco a poco más parte del iceberg va saliendo a la superficie, me conozco mejor y me siento y muestro más autentica, por lo que atravesar el malestar merece mucho la pena.

Un comentario en “El malestar como oportunidad

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