La gota que colma el vaso

Hay momentos de conflicto que no los vivo como una oportunidad cuando suceden, como os contaba en la entrada “el malestar como oportunidad”.

A veces no estoy atenta a lo que me pasa por dentro, no identifico de la emoción que siento y por lo tanto no le doy voz ni mirada. Así, cuando pasa algo que supone “la gota que colma el vaso”, mi comportamiento funciona de forma automática y mi actuación no da respuesta consciente y adulta a la situación sino que reacciono, mi sentir es desproporcionado con respecto a lo que vivo y el vaso se desborda.

Mi malestar se transforma en un comportamiento muy lejos de la armonía a la que aspiro. El amor se bloquea, la escucha, la aceptación, la comprensión, el ver al otro desaparecen. Me desconecto de mí misma, yo no manejo la situación, mi parte inconsciente sale a la luz.

Desde que vengo observando mis movimientos automáticos me he dado cuenta de que los puedo diferenciar en tres tipos:

  1. Los que son explosivos, me llevan a exteriorizar mi “enfado”, impulsividad, rechazo hacia al otro, lenguaje más autoritario y quiero “tener razón” por todos los medios.
  2. Los que me apartan del otro y muestro indiferencia pero sigo sintiendo una fuerte desarmonía. No es alejarme desde el respeto y aceptación genuina al otro, respetando su espacio y momento. Viene de alejarme de la situación para evitar sentir, desde la impotencia, desde el no saber cómo gestionarlo. Sin embargo el malestar no desaparece y se perpetúa más en el tiempo. 
  3. Otros comportamientos automáticos derivados de mi falta de conexión conmigo misma, de mi falta de consciencia en el momento presente, no relacionados con un momento de conflicto. De estas reacciones hablaré en otra entrada para dar más claridad.

Entonces, centrándonos en los dos primeros tipos, además de la desproporción de la reacción, lo que me da la pista de que se trata de una reacción automática es que se repite a lo largo del tiempo, con diferentes personas, situaciones (juicio, falta de escucha, falta de respeto…) que mueven la misma sensación (impotencia, tristeza, miedo…) .

Conocer mis reacciones automáticas me da mucha información sobre mí, de lo que hablaba en otra entrada como la parte oculta del icebeg. Cuando algo sale con fuerza, de forma desproporcionada y repetitiva es que ha estado reprimido porque como dice Alice Miller con el título de su libro: “El cuerpo nunca miente”.

Nuestro sistema nervioso va registrando nuestras vivencias desde la etapa intrauterina y se va generando un registro de todo lo que vamos viviendo. Los momentos en los que hay un registro armonioso, la huella que deja es sana. Los momentos dolorosos vividos desde nuestro embarazo, parto y nuestra infancia que pueden ser situaciones de desamparo, soledad, falta de aceptación, falta de mirada y atención que necesitábamos como niñas y niños van dejando en nosotros huellas dolorosas que van manifestándose en forma de miedos, agresividad, angustia, por ejemplo. Así podemos decir que en el registro que hemos ido haciendo hay partes armoniosas y partes heridas.

Voy a poner un ejemplo. Supongamos que hace días sufrí un fuerte golpe en el pie izquierdo y aún tengo un hematoma. Alguien me pisa en el pie derecho y me puede doler de forma proporcionada a lo que es un pisotón. Sin embargo, si me pisa el pie izquierdo mi dolor es mucho mayor, aunque ya haya días que me haya dado el golpe, el hematoma aún me duele. Mi reacción no es proporcional al pisotón, ya tenía un dolor anterior. Lo mismo pasa con cómo sentimos lo que nos pasa hoy. Tiene mucho que ver si la somos “tocados” en lo que nos dolió en el pasado.

Para identificar estas zonas doloridas que me permiten conocer esas emociones reprimidas y acercarme a la verdad de mi historia, me ha ayudado lo siguiente:

  1. Separar el despertador de la sensación despertada.

Por ejemplo, imaginemos que en una situación con mi hija ella no me escucha y yo me siento impotente. Yo la grito pidiéndole escucha inmediatamente. Ella es el despertador de la sensación de impotencia amplificada que no es propia de esta situación, toca en un punto doloroso de mi sensibilidad, de situaciones de no recibir escucha en el pasado y reacciono de forma no proporcional a la situación presente.

Si yo necesito que me escuche puedo pedirle que necesito su escucha acercándome y hablándole en un tono amable. Diciéndole por ejemplo: “Leire, tengo algo que decirte y cuando no me escuchas me siento impotente”, sin gritarle. Cuando le grito está recibiendo mi impotencia reprimida, no expresada, que yo sentí en algún momento y sale de forma desproporcionada hacia ella.

Leire puede ser el despertador de esa impotencia pero a ella no le corresponde recibir mi reacción desproporcionada por lo que me ha supuesto reprimirla en el pasado, en realidad a nadie le corresponde. Soy yo la que siendo consciente de ello tengo que responsabilizarme de mí misma.

Cuando me comporto según mi reacción automática la relación se daña, genera culpa en el otro y no me responsabilizo de mi sensación.

2. Soy la responsable de mis emociones.

A menudo me escuchaba, y todavía me escucho, diciendo expresiones como “me enfadas, me molesta, me pones nerviosa, estás acabando con mi paciencia”.

Cómo nos expresamos tiene gran impacto en nuestras relaciones. Me he dado cuenta que de esta forma pongo en el otro la responsabilidad de cómo me siento. Cuando yo soy la que siento la angustia, la impotencia, la frustración. El otro se comporta de una determinada manera y su comportamiento tiene un efecto en mí a veces con dimensiones no proporcionadas, por lo tanto soy yo la responsable de ir viendo qué me pasa, curando las heridas que generan esta desproporción e actuar de forma más armoniosa y coherente conmigo misma.

Comunicar mi sentir desde lo que yo siento como “me siento frustrada, impotente, me parece que se me está acabando la paciencia…” me ayudan a prestar atención a la sensación de ese momento, frenar la reacción precisamente porque me conecto con esa sensación, no voy tan en automático, y libero al otro de la responsabilidad sobre mis emociones.

ovillo HAZDLUZ

3. Escribir sobre las sensaciones que despiertan esas reacciones automáticas.

En el momento de la reacción no suele ser posible coger papel y boli y escribir para escucharme. Normalmente estoy con otra persona, se ha podido producir un conflicto, y gestionar el conflicto lleva un tiempo… Pero sí más tarde es muy útil para mí escribir sobre la sensación y hacerme algunas preguntas como:

    1. ¿Desde cuándo tengo estas reacciones?
    2. ¿En qué situaciones del pasado sentía lo mismo?
    3. ¿Con quién?

Escribiendo voy llegando a esas sensaciones reprimidas, voy poniendo orden al desorden interno que en un principio tenía, y tirando del hilo voy comprendiendo y desenredando la madeja.

A medida que voy conociendo mis zonas dolorosas puedo identificarlas en la situación en las que se produce la sensación de malestar y tomar la distancia necesaria para no reaccionar y elegir responder. Con ello, me siento libre de ser víctima del pasado, más responsable de mí misma y vivo más armonía en mis relaciones.

Esto me recuerda, una vez más, al libro de Shefali Tsabary “Padres conscientes” que describe muy bien la motivación principal por la que he tomado consciencia de todo lo que aquí os cuento:

“Los padres que educan partiendo de su psique herida, con sus pensamientos atormentados y sus emociones turbulentas, marcan a los hijos para siempre de diversas maneras”.

Puede que leída de forma aislada esta frase suene un tanto dramática. Sin embargo, por mi experiencia y por lo que he podido compartir con otras madres y padres en algún momento, si estamos dispuestos a verlo y reconocerlo, podemos tener pensamientos y emociones que se acercan a lo que la frase cuenta.

No está sólo en juego nuestra paz interior, que todos merecemos y anhelamos, sino la educación de nuestros hijos y nuestras relaciones en general, contexto en el que ponemos a vivir la mayor parte de nuestras capacidades como persona.

 

Ana Rial

http://www.misentido.blog

3 comentarios en “La gota que colma el vaso

  1. Rocío Vergara dijo:

    Enhorabuena Ana por tu iniciativa, llevo días leyéndote y me has llegado mucho. En esta entrada concretamente me ayuda mucho lo que mencionas de escribir sobre tu reacción automática haciéndote las preguntas. Llevo tiempo dándome cuenta de mi necesidad de ordenar todo lo aprendido, lo descubierto en mi trabajo personal, pero no encuentro la manera. Me siento delante del papel y no fluye… tal vez haciéndome las preguntas adecuadas llegue a establecer ese patrón del que hablas que me dará pistas para ir conociéndome mejor…

    Gracias por tu claridad y tu forma terrenal de escribir

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    • anabrial dijo:

      Rocío, qué ilusión volver a poder compartir!. Gracias por tu comentario… Yo se que a tí dibujar te resulta más fácil. Quizá aunque sea con dibujos más abstractos y luego escribir lo que se desprende de ellos pueda resultarte. A vecés me sale dibujar y luego saco mucho también como el punto de partida para escribir! un abrazo!

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