Sólo quien lleva su casa a cuestas no tiene prisa

Algo que me cuesta especialmente aceptar es el ritmo “lento”, o mi ritmo tal cual es, sin exigencia, o un ritmo más bajo que el mío.

Como ya he comentado en otras ocasiones cuando nos automatizamos en el hacer, la eficacia, cuántas cosas hacemos es más importante que para qué hacemos cada cosa. El cómo hacemos las cosas es más relevante que el qué estamos haciendo. Y esto nos lleva a un ritmo y a una exigencia que nos separan mucho de nuestro ritmo natural que cada uno tenemos y también de la conexión con nosotros mismos.

Desde que he experimentado lo que me hace sentir el elegir qué hacer, cómo y cuándo me trae más calma y serenidad que ir como una autómata por la vida.

En el libro de Jose María Toro “la Sabiduría de Vivir” habla de una moderna “trinidad” compuesta por la rapidez, la velocidad y la prisa, y entregamos nuestro corazón para cumplir con todo ello.

En la sociedad actual no se valora la lentitud. Las medallas son para el más rápido. Lo lento nos pesa, nos cansa, nos abruma y nos aburre“. Tal vez esté relacionado con que en la lentitud, el silencio, la calma nos ponemos más en contacto con nuestro interior y eso nos resulte molesto e incluso nos abrume descubrir de qué está hecha esa madeja desdibujada de tanta confusión y desasosiego que habita dentro.

La velocidad nos llevan a estar hacia afuera, no sentirnos,  huyendo de nuestra verdad, a menudo incómoda e indescifrable.

La tortuga y el caracol son arquetipos de la lentitud. De ellos podemos aprender que sólo quien lleva la casa a cuestas no tiene prisa. No necesitan correr para llegar a ningún sitio porque su casa va con ellos. Ser lento es sentirse siempre en casa.

Todo esto me hace recordar el ritmo pausado de mi hijo. Es algo que me ha costado mucho aceptar cuando no entendía que cada uno tenemos un ritmo, muy posible es que el mío tampoco fuera respetado, si no habría resultado fácil de ver y aceptar. Este aspecto me ha traído muchos conflictos internos y con mi hijo.

Como dice una frase de Heráclito: “El tiempo es el juego al que juegan maravillosamente los niños”. Ir al ritmo de los niños es un regalo. Ellos todavía saben que tienen un ritmo interno y quizá yendo a su ritmo nosotros nos permitamos ir al nuestro cuando las circunstancias lo permitan. Y nos daremos cuenta de que muchas veces las circunstancias sí lo permiten y que somos nosotros a quienes nos resulta más difícil permitírnoslo.

 

Ana Rial

http://www.misentido.blog

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