No hay lugar para dos. La violencia invisible.

Hasta no hace mucho tiempo yo identificaba como violencia lo que era visible, la violencia activa. La agresividad tanto física como verbal: los gritos, las palabras irrespetuosas, los insultos o la violencia física.

Ahora sé que existe una violencia más sutil e invisible que, sin poder decir cuál es “mejor” o “peor” porque ambas expresiones son violencia, por el simple hecho de no ser visible me parece más peligrosa. Aquí me refiero a la indiferencia, al silencio, a la falta de atención o respuesta, al comportamiento que fuerza al otro a comportarse según mi criterio, con manipulación o autoritarismo, por ejemplo.

La violencia activa y visible, según mi punto de vista, tiene más oportunidad de provocar una reacción en el agredido, quizá rechazo por el agresor o búsqueda de protección. Sin embargo, en el caso de la violencia invisible puede quedarse “escondida” durante más tiempo, por el hecho de ser más sutil y de ahí que pueda ser más peligrosa porque puede que el agredido tarde más en ser darse cuenta de que esa violencia existe.

Esta forma de relacionarnos está presente en todas las relaciones, sin embargo, por el abuso de poder que supone, me llena de tristeza e impotencia especialmente cuando veo que las vive un niño.

En la vida cotidiana suelo presenciar situaciones como: cuando una madre o padre pide a su hija que le de un beso a alguien sin tener en cuenta si la niña quiere o no, cuando un abuelo soborna a su nieto con una chuche para irse del parque, cuando un grupo de personas adultas juzgan el vestuario de una niña opinando sobre si es o no suficientemente femenino para ella. La angustia que se me despierta tiene que ver que la niña o el niño no es tenido en cuenta, tan siquiera escuchado y a veces humillado. Es forzado por el adulto. No hay lugar para dos opiniones, deseos, opiniones, necesidades. El adulto directamente ejerce el poder, es la autoridad incuestionable.

Es cierto que todos tenemos nuestras vivencias,  nuestras creencias y nuestros recursos para gestionar situaciones de conflicto y que este tipo de prácticas las llegamos a ver “normales” porque somos testigos o actores de situaciones similares a diario. No todas las personas ni en todas las situaciones somos capaces de ver al niño o niña, o de verlo y complacerle.

En este tipo de situaciones veo que el niño o la niña no existe. Quizá sea hora de irse del parque y haya que irse. Quizá el abuelo esté pensando en que los padres de su nieto le esperan. No es cuestión de tener razón. Hablamos de la capacidad de tener en cuenta, de ver al otro, de aceptar la emoción, el gusto o preferencia del otro aunque en un momento dado no se pueda complacer. También de la flexibilidad que tenemos o no para complacer si es posible a pesar de ser un criterio diferente al nuestro.

A veces vamos a la solución rápida sin más palabras que las que nos posibilitan ejercer el control y pasamos por alto lo que siente el niño. En estos ejemplos puede que nadie pegue o grite pero sí una  persona es violenta con otra.

Si esto es habitual en la vida del niño o niña va perdiendo el contacto con lo que realmente necesita o quiere y deja de sentirse merecedor de ser tenido en cuenta. Se queda sin voz. Se va guardando las sensaciones de impotencia, rabia, tristeza de vivir esto una y otra vez. Se queda sin permiso para existir tal cual es. De aquí pueden derivar muchas de las dinámicas violentas en la infancia, adolescencia o en la edad adulta. Cuando ya somos adultos y estas sensaciones se vuelven a vivir con la pareja, con nuestros hijos o con otras relaciones tienen una potencia muy alta, porque forman parte de lo reprimido, de lo olvidado incluso, pero que está grabado en nuestro registro interno.

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En un lugar en el que el adulto hace valer su criterio y como niño me quedo sin poder, necesito ejercer el poder en otro lugar o con otra persona para recuperar el territorio perdido. Así vemos a los niños que desarrollan dinámicas violentas con sus iguales, con sus hermanos o hermanas… Y de la misma forma, no siempre se trata de violencia activa. En ocasiones puede volverse a reproducir de la violencia sutil las manipulaciones, amenazas, miradas de desaprobación, indiferencia.

Según Laura Gutman, y para mí tiene mucho sentido, “para que un adulto no tolere la convivencia de dos deseos diferentes, incluso cuando hablamos de un recién nacido deseado, necesita haber vivido la misma realidad emocional en primera infancia”.  Por lo tanto no se trata de amar o desear a nuestros hijos e hijas sino de “construcción primaria”, de nuestra experiencia de bebé y niña de como fueron satisfechas nuestras necesidades y de cómo fuimos respetadas y tenidas en cuenta.

Para mí, ha sido importante conectar y dar voz a lo que se quedó reprimido a medida que he ido teniendo acceso a ello, normalmente a través de la relación con mis hijos y personas cercanas y reconocer cómo fue mi vivencia real infantil. Además, cuando soy consciente de ejercer el poder con mi hija o hijo es fácil observar como mis hijos van buscando seguir este comportamiento entre ellos, o contra otras personas. La cadena violenta se perpetúa. Otras veces se sienten sin poder, invadidos o inseguros en otros entornos, y me encuentro con que ese malestar acaba cayendo en casa.

Una vez que lo sabemos, lo que nos ayuda a cortar la cadena de violencia es darles poder en casa. Hablando con nuestros hijos sobre cómo notamos que necesitan eso y ofrecer formas para que lo recuperen: con juego en exclusiva, eligiendo el plan, darles permiso para algo que me cuesta habitualmente y a veces permitiendo que salga la emoción que produce esa violencia (tristeza, impotencia, rabia) . Esto les devuelve poder, confianza y les devuelve parte del bienestar.

Habiendo tenido una vivencia infantil en la que no había lugar para dos, cuando crecemos podemos adoptar una posición de víctima, siendo en ésta otra forma de ejercer la violencia. “La víctima organiza su vínculo en sus relaciones en base a que si el otro me destruye así puedo ser alguien. Es el depositario del enfado del otro y estoy disponible para que el otro descargue su furia. Es la otra cara de la moneda de la violencia activa. Suele tratarse de alguien muy bueno, pero que desde su posición de víctima le suele servir para despreciar y humillar al otro. Desestimar, negar, desvalorizar o ignorar el deseo del otro esa tan violento como girar cuando no nos sentimos respetados. En este escenario, la víctima no daña al otro pero activa la agresión del otro. Así obtiene algunos beneficios ocultos”. Bien sea obtener mirada y protección de otros, compañía a través de este vínculo con su agresor.

No hay víctima sin victimario, ambos se comprenden y se necesitan. Ambos entienden el lenguaje del desamparo”.

En definitiva, aún de adultos buscamos satisfacer las necesidades originales que  de bebés no fueron satisfechas por nuestra madre aunque no lo sepamos ni lo hagamos conscientemente y para ello podemos desarrollar dinámicas violentas, bien activas, pasivas, adicciones o haciéndonos daño a nosotros mismos.

Esas necesidades no podrán ser satisfechas por ella pero si tomamos consciencia de ello y nos responsabilizamos de nosotros mismos evitaremos que la violencia se perpetúe en las generaciones venideras.

 

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Preparando esta entrada me he encontrado con la publicación de este artículo de Ibone Olza, psiquiatra infantil, en la web de Yvonne Laborda, aquí lo comparto:

Una carencia en la etapa infantil

Gracias de nuevo Yvonne!.

Bibliografía relacionada: “Crianza: violencias invisibles y adicciones” de Laura Gutman.

 

Ana Rial

http://www.misentido.blog

Un comentario en “No hay lugar para dos. La violencia invisible.

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