Ojos que no ven …

Esta imagen es una fotografía que ha recorrido el mundo y simboliza para mí un funcionamiento que a menudo utilizamos: la negación.

La tan utilizada frase “ojos que no ven corazón que no siente” nos invita negar la realidad con la creencia de que así no sufriremos nosotros ni los que nos rodean. Para mí, forma parte de esas frases lapidarias que ayudan a crear creencias limitantes que se instalan en nosotros.

Es frecuente que lo que nosotros no podemos soportar por la sensación incómoda que nos genera intentemos que las personas a quienes queremos no lo sufran. Así que lo intentamos ocultar no hablando de ello o no expresando claramente las emociones que nos hacen sentir: tristeza, preocupación, impotencia, miedo o dolor, por ejemplo. Intentamos negarlo, hacer como si no existiera, quitándole visibilidad. Podemos no hablar de ello, cambiar de tema si nos preguntan, minimizar la emoción que nos hace sentir o mentir. Sin embargo lo que realmente ocurre y la emoción que sentimos permanece, no cambia. Si yo lo siento, mi cuerpo y mi actitud lo reflejan, y así es transmitido a las personas de mi alrededor.

En el caso de la foto, la niña quiere evitar que su muñeca vea lo que están presenciando: el horror de una guerra. En realidad lo que me parece que quiere evitar la niña es que la muñeca sienta el horror que ella misma vive. Si cambiamos la muñeca por una persona, ese horror también lo estaría sintiendo esa pequeña, aunque no lo viera. Por un lado, porque lo está percibiendo por el resto de los sentidos, está en el ambiente y por  otro lado, porque lo que siente la niña también se lo está transmitiendo a la bebé.

Ese funcionamiento se vive en las relaciones padres hijos. En la etapa de infancia, hasta los 7 u 8 años de nuestros hijos compartimos el mismo territorio emocional, nuestra comunicación emocional es directa porque estamos vinculados de esta forma por naturaleza. Por lo que aunque los padres no hablemos sobre nuestros conflictos o problemas, los minimicemos o directamente los neguemos verbalmente nuestros hijos los perciben. Lo que ocurre al no hablar de ellos es que se genera una incoherencia entre lo que los hijos sienten de la vivencia y lo que nosotros expresamos. Así que se genera un desarmonía interna que suele traducirse en malestar y distancia en la relación. La confianza, el vínculo se ve afectado con la negación y los hijos acaban creyendo que están equivocados porque lo que ellos sienten no se ve respaldado por lo que reconocemos y expresamos abiertamente.

La negación también la vivimos en el resto de relaciones, en situaciones cotidianas en las que intentamos ocultar lo doloroso, lo que nos preocupa, entristece, frustra, lo que rechazamos o lo que nos hace sentir culpable, por nombrar algunos ejemplos.

Además de cómo nos sentimos podemos negar, no reconocer nuestras necesidades auténticas. Y puede que aunque las conozcamos y podamos detectarlas no las intentamos satisfacer, que es otra forma de negarlas.

También pueden permanecer ocultas partes de nosotros, nuestros talentos, capacidades, pasiones que en los momentos de infancia y adolescencia no fueron aceptadas por nuestras personas referentes y se quedaron sin vivir. Por poner un ejemplo, puede que de pequeña mi parte habladora resultara “molesta” en la escuela y en casa y me impidiera recibir aceptación por parte de los profesores y mis padres, por lo que la reprimí para ser “formal” y provocar una mirada de aceptación que me hiciera sentir querida.

Me parece importante aclarar que cuando negamos la realidad no lo hacemos por elección, es un funcionamiento involuntario. Puede ser por miedo a no ser aceptados, por miedo a mostrarnos tal y como somos, por no sentirnos merecedores de satisfacer nuestras necesidades, porque no sabemos cómo actuar con ese “algo”, porque no nos conocemos a nosotros mismos lo suficiente como para reconocer esas capacidades dormidas en nosotros. Cada uno tenemos nuestras razones en cada momento. Lo que sí es cierto es que por el hecho de ocultar algo no desaparece eso que queremos esconder y en algún momento, quizá el menos oportuno, aparecerá por sorpresa y la vida será la que nos genere la obligación de gestionarlo.

Para dejar de negar es necesario aceptar, el primer paso para el cambio es reconocer la realidad tal cual es.

Como recoge la publicación la verdad ilumina mi camino elegir el camino de la verdad es una opción, nuestra elección. Una vez más, la atención que ponemos para no activar este mecanismo es vital, el gusto por conocernos y el propósito de ser más auténticos incluye reconocer nuestra parte vulnerable, expresarla y los puentes hacia nuestro ser auténtico y hacia los demás se van construyendo solos, generando conexión y confianza.

 

Ana Rial

http://www.misentido.blog.

 

 

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