Dolor ignorado, dolor perpetuado

Me resulta alarmante y doloroso la normalidad con la que el dolor infantil es ahogado, ignorado, no tenido en cuenta y hasta buscado por los adultos.

Por lo que vengo observando desde hace años, me resulta escalofriante ver cómo para la mayoría de los adultos está normalizado el ejercicio del poder sobre la los niños. La situación de desprotección “natural” con la que se sitúa ese niño es el punto de partida para “poder” con él o ella.

En la relación adulto niño se da el ejercicio del poder, entre personas, que más normalizado está en nuestra sociedad.

Se trata de algo tan normalizado que resulta sutil y poco visible a simple vista. Ha sido perceptible para mí cuando he puesto atención en las relaciones adulto niño, motivada por mi rol de madre, en un principio.

De lo primero que me he dado cuenta es que como madre es muy “fácil” ejercer el poder sobre mis hijos, aunque sea sin intención. El bebé es un ser totalmente dependiente de la madre, padre o de un adulto de su entorno. Necesita que alguien satisfaga sus necesidades básicas de alimento, higiene, cuidado y de sentirse amado (protegido, acariciado, aceptado). Es aquí que ante esta situación de “desventaja” por parte de nuestros hijos, como adultos es común creer que “sabemos” más que ellos y que todo lo hacemos “por su propio bien”.

Desde el embarazo tomamos decisiones sobre su vida según nuestro criterio. Y si no ponemos conciencia en ello, podemos seguir sin tenerles en cuenta hasta que ellos mismos se hayan olvidado de quienes son.

Los bebés nacemos profundamente conectados con nosotros mismos, con nuestras necesidades y así lo expresamos aunque incomode y moleste a nuestra madre, padre y demás adultos. Nacemos con una aspiración a existir, a ser nosotros mismos que es expresada en todo momento. Depende de cómo seamos acompañados y respetados desde nuestros primeros momentos de vida seremos los protagonistas de nuestra vida, fieles a lo que somos, o iremos poniéndonos diferentes disfraces para “agradar” y conseguir ese amor de nuestro entorno.

En ese “dejar lo que somos para ir mostrando otras caras” va fraguándose el dolor de no ser nosotras y nosotros mismos, de perdernos en nuestro camino.

Aquí, mi responsabilidad y toma de conciencia como madre me ha hecho observarme y observar las relaciones que mantenemos como adultos con la infancia, sean o no sean nuestros hijos, y así sensibilizarme hacia esas “sutilezas”, o no tan sutilezas, que marcan la diferencia en cómo mi hijo o mi hija va permitiéndose SER. Por lo tanto, cómo cualquier niño va permitiéndose SER y también me hace reflexionar en cómo yo de niña pude o no pude SER.

Ese ejercicio de poder y de acallar la voz de mis hijos puede manifestarse en muchas situaciones. Desde que intento marcar su ritmo de hambre o sueño, sus gustos de ropa,  cuando a mi hija le pongo pendientes cuando aún no puede expresar su opinión, cuando elijo sus actividades, sus juguetes, sus amistades, juzgo y no permito sus emociones,  en definitiva cuando mi respeto hacia su existencia tiende a cero. Por lo tanto, su libertad tiende a cero.

¿Cómo detectar que ejercemos el poder?.

En un primer momento puede que no encontremos evidencias de ello porque ese poder que ejercemos no deja de ser una continuación automática de lo vivido por nosotros mismos en infancia y lo normalizado de forma generalizada. Sin embargo, nuestros hijos, esos seres con una fuerte y, afortunadamente, determinada aspiración a ser quienes son nos lo recuerdan y expresan a cada paso, siempre y cuando se lo permitamos.

A continuación comparto como ejemplo una situación en la que una madre, en menos de media hora, utilizó con algunos de sus dos hijos algunas expresiones que yo identifico como dinámicas de ejercicio de poder:

  • Mira que eres malo”. Es un juicio hacia el niño, lo identifica como “malo”, asociando la valoración del adulto sobre su comportamiento a lo que ES.
  • No te pases ni un pelo”. ¿Tú qué te has creído?. Amenaza para controlar lo que hace según nuestras expectativas.
  • Obedece, eh!”. Directamente el adulto pide obediencia, que el niño ponga su atención en lo externo no dejando espacio hacia lo que él mismo opina o siente.
  • Tú me lo vas a decir a mí”. Una forma de acallar la expresión del menor para mantener nuestra seguridad y criterio, tener razón.
  • Tú eres el mayor, tú tienes que…”. Expresa una expectativa sobre lo que que ha de mostrar el hijo mayor cuando a quien corresponde acompañar y ser el modelo para cada hijo es a los padres. Alimenta una responsabilidad sobre sus hermanos que no le corresponde. Limita la expresión genuina por “tener que”.
  • Qué orgullosa estoy de ti, no has llorado ni un poquito”. Refuerza la idea de que para que estén orgullosos de mí no debo llorar, debo negar mi vulnerabilidad.
  • Tú no puedes, los niños de 4 años no cogen cuchillos”. Un juicio que limita la voluntad de aprendizaje del niño por su edad, no por sus capacidades reales.

En el rato siguiente observé comportamientos de competitividad y violencia entre los hermanos, expresiones por parte de uno de los niños como “no me ha hecho ni un poquito de daño, no me duele nada” en coherencia con el discurso de su madre, para que esté orgullosa de él, acallando su posible dolor en una rodilla ante una caída fuerte.

Ese dolor silencioso, porque los niños cuando su madre les hablaba de esta forma no expresaban su disconformidad, era visible más adelante con comportamientos violentos y con continuas faltas de respeto entre hermanos. El poder que en este caso su madre les había quitado con sus juicios, expectativas, límites cada hermano lo intentaba recuperar más tarde a través de la violencia, la misma forma con la que a ellos se lo habían quitado.

Esta situación es tan solo un ejemplo que me ha resultado muy gráfico para la comprensión de cómo ejercer el poder es violencia, genera dolor y más violencia. Se van generando nuevos eslabones en esa cadena de dolor.

Es para mí evidente que esta madre, como cada madre, padre, educador o persona que acompañamos a niños, está reproduciendo en gran medida lo vivido de niña y es lo que cree que debe hacer. Por eso, me parece vital que cada persona que estamos en ese lugar de educador, padre o madre tomemos conciencia de lo que produce ese ejercicio de poder automático, que nos cuestionemos y cambiemos la forma en que dejamos SER a cada niño.

Cuando ejercen el poder sobre nosotros nos crea dolor. Ese dolor que sentimos como malestar, como vacío, necesitamos llenarlo con el “placer disfrazado” de ejercer el poder sobre el otro y así intentar aligerar ese dolor. Sin embargo ese placer es efímero y el dolor vuelve a aparecer. Cuando el dolor reaparece buscamos una nueva “víctima” sobre la que ejercer el poder y quedarnos “aparentemente satisfechos”. Ese vacío, en mi opinión y experiencia, se llena de forma genuina y definitiva con la satisfacción de necesidades, con la verdadera escucha, mirada, con amor en nuestro entorno de mayor confianza: en nuestro hogar.

Así, nuestro rol como madre o padre es determinante, ya que si nuestros hijos e hijas se viven amados y respetados por lo que SON no necesitarán llenar su vacío con el ejercicio de poder sobre ningún otro niño, animal o elemento de la naturaleza.

El comienzo del fin de esa cadena de dolor, vacío y desorientación que puede vivir cada niño o niña está  en la intención y determinación de cada madre y cada padre para romper esa cadena de dolor, dando cada vez más un amor incondicional, una mirada de admiración, respeto y confianza hacia nuestros hijos e hijas.

madre_hija.jpg

Ana Rial

http://www.misentido.blog.

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